domingo, 26 de febrero de 2012

Pongamos que las personas cambian

Está claro que las personas cambian. El término madurar no es una palabra inventada, no. Yo misma me sorprendo a veces cuando me miro y no veo a la misma persona de no hace demasiado. Decimos que la cabra tira al monte, que lo que pasó una vez puede pasar dos, o tres o cuatro. También es cierto que hay cosas de cada uno que nunca cambiarán, pero todos los seres tenemos una fuerza interna que nos impulsa a mejorar. Unas veces avanzamos, y otras retrocedemos, así es. Tan pronto se está en lo más alto como en lo más bajo. A estas alturas de la vida, ya nos conocemos algo el guión de este teatro, pero nunca hay que descartar la posibilidad de la improvisación.
¿Por qué aquella que salía todos los sábados y se liaba con todos los tíos, ahora apenas se le ve el pelo y no quiere saber nada de los rollos de una noche? Por qué, por qué, por qué. Puede que aunque busques la respuesta no la encuentres, aunque te preguntes a ti mismo. Puedes incluso plantarte frente al espejo y repetirte, hay que buscar la solución. Pero la solución muchas veces no es el camino más fácil, es decir, el que escogemos. Y los hay tan orgullosos que no piden ayuda. Nos permitimos tal poder de jugar y decidir que acabamos agotados y, creyéndolo saber todo, optamos por el estoicismo. ¿Lo que tenga que ser será, no? Lo calculamos todo al milímetro para que nadie sepa lo que llevamos dentro, que por otro lado, no duele tanto como para hacernos gritar. Y así es como escogí esconderlo todo incluso de mí. Hola, hola... y adiós, me vuelvo a casa con las manos en el bolso y mal sabor, protesto hasta que se me pasa, y cuando me despierto... ha dejado de tener tanta importancia. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario